Jacky Terrasson
y
Laïka Fatien
Granada, noviembre de 2005

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El pianista loco


¡Qué tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha!
Alguien debió decirle eso a Jackie Terrasson cuando era niño y estaba recibiendo sus primeras lecciones el piano. Y él, bueno y obediente, se lo aplicó a rajatabla.

Más o menos eso era lo que andaba pensando, hace unos días, mientras disfrutaba del mejor concierto de la vigésimo sexta edición del Festival de Jazz de Granada. Porque el tipo aporreaba las teclas del piano con un genio, con una fuerza y con una pasión absolutamente arrebatadores, como si las manos fuesen entes independientes de su cuerpo y actuaran por libre.

Con el piano situado a la izquierda del escenario y suficientemente escorado como para que el público pudiese vislumbrar el teclado y las evoluciones de las manos del pianista sobre las teclas de marfil, el concierto comenzó a un ritmo alto para, de inmediato, ir subiendo de velocidad hasta alcanzar una intensidad endiablada y, algo más tarde, unas revoluciones de todos los demonios.

No daba tiempo a asimilar la rapidez y la perfección de la ejecución de una pieza cuando ya estábamos inmersos en la siguiente. Aquello podía parecerse, casi, a una etapa pirenaica del Tour de Francia, repleta de colosales puertos de montaña. Y Terrasson sería un Lance Amstrong que, pedaleando al estilo “molinillo”, imprimía al pelotón un ritmo sobrehumano, cada vez más rápido, rictus y ademán impasibles... hasta quedarse solo y enfundarse el maillot amarillo de campeón.

¿Salía humo del teclado? No hubiera sido extraño ya que los escorzos, retruécanos, idas y venidas, subidas y bajadas que Terrasson hizo por toda la escala, a una velocidad de vértigo, podrían perfectamente haber incendiado el piano, igual que incendió, por fin, el alma jazzista de todos los presentes en un Teatro Isabel la Católica que, esta vez sí, vibramos con la música más ardiente que se ha inventado.

A veces, tenía la sensación de haber bebido antes del concierto ya que Terrasson parecía tener cuatro brazos en vez de dos. ¿No había, seguro, una segunda persona camuflada ahí detrás, tocando un segundo piano? A ver si es que el Festival de Jazz se había fusionado con el Hocus Pocus y estábamos ante una representación mágico-musical...

Pero no. Sólo era música. Sin trucos ni aditamentos. Y, con las manos disociadas -¡que la izquierda no sepa lo que hace la derecha!- Terrasson consiguió llevar al éxtasis a los afortunados que habíamos sacado entrada esa noche.

Luego llegó el turno de Laïka Fatien quien, su voz cadenciosa y sensual, también conquistó al público... a base de echar agua al incendio provocado por Terrasson. Quizá fuera mejor así, pero, la verdad, a mí me hubiera gustado que el pianista lo
co hubiese terminado de abrasar la platea.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros

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