Ardían mis venas.
- ¡Un coñac¡
Una leve sonrisa de la mesa vecina; encender un cigarro que compense, cuando en realidad no hay ya nada que compense.
Hacía buena noche para andarse las calles despacito, para hundirse en propósitos que renuevan el alma. Buscaba una esperanza detrás de cada esquina, una vieja sorpresa, Laura, nada.
Busqué con ansiedad la casa Félix, la hierba necesaria. Inútil todo esfuerzo, regresé lentamente, deleitándome en nada, saboreando la brisa, caliente, preciosa cuando no tienes nada, cuando solo eres tú.
Algún que otro bullicio en clara retirada transitaba la noche de verano, desplumando la horas, vaciando los minutos en besos escondidos en los bancos del parque, que solo en estas horas se olvidan de las heces, del mundo y las palomas, del domingo anterior.
Subía las escaleras despeinando mis sueños, revolviendo la historia. Mama estaría en la cama aguantando sus pies.
Recordé mis viajes cuando huía de la casa. El tren en línea recta entre campos de espigas, el sol, mis ilusiones puestas a un precio de regalo. Mis primeros contactos con Raquel, la dueña del Club.
Repasaba en momentos, sobre cada escalón, perdiéndome…, encontrándome…, al fin y al cabo solo, sin Laura, sin Raquel, sin Mario, sin las noches de música y coñac; de repente paradas, como yo sobre las escaleras.
No sé exactamente cuando salió de allí, pero el hueco en la cama era lo suficientemente significativo. Hacía un buen día, uno de esos radiantes días en los que todo debiera salir bien.
En realidad lo que menos importaba ahora era cuando habría salido, y a donde, y porqué. Desperecé mi sueño en un último abrazo a la nada. Pequeños rayos de sol se filtraban sacudiéndome el rostro, me resistí un instante antes de levantarme. Lo hice. Abrí el balcón y respiré tranquilo el tibio aire de la mañana de domingo. Tenía la boca asqueada de la noche anterior, de alcohol, de besos… La gente, no tardaría en andurrear la plaza en busca de su Dios, camino de la Iglesia; como cada domingo. Sin embargo para mí se reanudaba otro día, con la misma fobia matutina al ponerme los calcetines.
Busqué alguna nota entre el desorden, de cualquier forma siempre lo hago, me paso el tiempo buscando alguna nota que nunca ha escrito nadie. Encendí un cigarro y volví a tumbarme entre las sabanas, que aún olían a sudor, a besos y a caricias. Pensé en mama, por esta época siempre le duelen los pies, se le hinchan, y apenas puede andar.
El día que me vine, no lo creyó. Han pasado tres años y dos cartas, demasiado de todo para nada.
El cabrón de Mario nos la ha jugado buena, ahora sin contrabajo no podremos cumplir ningún contrato.
El sol golpeaba con fuerza ante mis ojos. Decidí tomar algo para superar el asco que se hundía en mi garganta.
A pesar de todo mi aparente desinterés seguía pensando en Laura, tal vez no quería hacerlo, no sé, me gustaba su olor, su manera de cepillarse el pelo, con lánguidas pasadas sucesivas, su forma de moverse la noche anterior.
Suspiré, al ver el frigorífico desierto. Abrí la llave y el agua cayó lenta y constante en la bañera.
Mario ya estaría camino de León a casa de sus suegros, y en el club de jazz su silla sin dueño, vacía todas las noches. Recuerdo cuando me hizo prometerle que dejaría de fumar hierba, nunca lo hice, él bien lo sabe; pero ahora me deja,
¿Por qué?..., una mujer, un niño, un millón de dolores de cabeza, otra vida, de pronto todo empieza a hacerse diferente.
- ¡Y ahora ni una toalla, maldita sea¡
Traté de corregir en mi cabeza cada uno de mis pasos…como si se trataran de compases. Y Laura, tambada frágilmente en el colchón aún con aire inocente sin saberme de nada, tratando inútilmente de mentir. Y ahora un hueco en la cama en el que no debiera de pensar.
Bajé al café de Carlos a encargar la comida. ¡Un domingo radiante¡ pero al cabo, otro domingo más.
No quería esperar nada y sin embargo allí estaba tumbado nuevamente esperándola, sabiendo a fin de cuentas que ella no iba a volver, y que en la cama, el hueco de su cuerpo se borraría otra vez.
Me acordé de Natalie, la chica francesa que me presentó Marcel, el vendedor de Kebab, hace ya casi un año, no se por qué a larga siempre acabo en sus brazos cuando no se que hacer.
Aquel día que “la vieja” la agarró aquí desnuda, presentí lo que ya es evidente, mama; no ha vuelto a venir, al cabo no lo siento, es mejor para todos.
Traté de distraerme corrigiendo a limpio el último trabajo, y entre las partituras y el coñac, apuré las noticias que me trajo Juan Carlos; se cerraba el Local.., un accidente.., Mario. Y luego otro coñac, y quemar un cigarro de hachis, y tumbarse en la cama y llorar.
La vecina gritando en la escalera; mi cabeza, y el olor de la tarde de domingo impregnando mi cuarto.
De pronto, aborrecí tanta clausura, abrí la puerta, hice un quiebro a la señora gorda que seguía gritando impasible como si nada fuera con ella. Llegue al portal, en un instante salí a buscar aire, cuando ya se encendían algunas farolas, de las pocas que alumbran la plaza.
Anduve sin rumbo fijo mirando escaparates, llenos de trastos que no me interesaban, que me eran inútiles después de una mañana de domingo, de ese domingo.
La plaza de San Martín estaba ya vaciándose, las heces de palomas cubrían todos los bancos, sonreí, a fin de cuentas todo son heces, todo mierda.
Pensé en el hospital, en Mario, un accidente. Después de varios días me enteré de su muerte ¡Todo mierda¡
Me acerqué al club de jazz, que aunque seguía allí, estaba solitario, sin Mario, sin Susana, sin ningún contrabajo que forjara en el aire escalas sinuosas.
Natalie siempre me dijo que yo era un tipo raro, y así, inesperado, me olvidó una mañana y se fue con Marcel.
Abrí la vieja puerta con tremendo sigilo, porque abrir una puerta, siempre es descubrir algo.
Bebía el coñac a grandes tragos, como un gran derrotista y derrotado, escupía sin cesar el humo y el veneno, ese mismo veneno que echó a arder las partituras una hora después.
Mario me sonreía detrás de los cristales, yo también sonreí entre tragos y tragos.
Miraba entre nostalgias el hueco de la cama, nunca quise pensarlo, nunca tuvo importancia y sin embargo, me gustaría encontrarla alguna tarde e invitarla a mi casa, a dormir en mi cama, a formar huecos nuevos entre estas mismas sábanas, a compartir mi fobia matutina cuando me pongo los calcetines, entre olores de humo y de coñac.
Fernando Izquierdo
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