GRACIAS, LOUISIANA


Desde aquí, quisiera hacer un sincero homenaje a la incuestionable relación que subyace entre las diferentes disciplinas artísticas, en concreto, para lo que en este caso nos ocupa, el arte y la música contemporáneas, centrándome en el maravilloso y poético universo del jazz y las artes plásticas que alcanzaron un sublime estadio a finales de los años 30 del pasado siglo en la extraordinaria región de Louisiana, en los Estados Unidos. Extraordinaria, entre otras, por ser un caldo de cultivo colosal de culturas en las que se aglutinaba la poética desgarrada de lo marginal, lo tribal, el refinamiento y la magia ancestral convirtiéndose en el Alma Mater que vomita de su misma quintaesencia una música que se ha tornado con el tiempo inclasificable y que más que música es una forma de vida, inclusive un culto que exhala la más vibrante negritud por todos y cada uno de los poros de su mística geografía. Desde su templo originario que ha sido y es el paradigmático French Quarter o Barrio Francés de Nueva Orleans se han ido fraguando experiencias absolutamente demoledoras que gritaban al mundo las intensas y, en su enorme mayoría trágicas vivencias del pueblo negro en este controvertido panorama, asolado por las durísimas condiciones de la esclavitud y la desafortunada supremacía blanca que han contribuído, sin proponérselo, a gestar una de las más maravillosas historias que radican en una singular creación que ha quedado ya como una rúbrica visceral en la odisea humana.


Barrio Francés de Nueva Orleans

 

Comenzando por las composiciones de los espirituales hasta el alumbramiento del boogie-boogie, el Charleston o el ragtime asistimos en la década de 1930 a un hecho que celebraba por vez primera en la plástica norteamericana la majestad del jazz. Mis excusas, Monsieur Matisse, por excluirte en este contexto aunque en tu favor diré que tu poesía y sensibilidad pictórica honraron y embellecieron las raíces de esta música convirtiéndote y convirtiéndola en inmortal. Me refiero a la órbita de pintores blancos que fueron punta de lanza en la vanguardia artística al referir tales acontecimientos en una imaginería que combinaba en su universo la exquisitez de lo naïf con el figurativismo minimalista que sueña en un cromatismo desafiante y desenfadado, pero a la vez desolado por lo que transmite en los retratos y la vida que estos guardaban tras de sí. Es el caso de la obra de Demuth, Hopper o Bearden que amanecen en distintas esferas para mostrar la confluencia del cosmopolitismo, más aludido en la obra de los dos primeros, con la fuerza de un acérrimo regionalismo, que traspasa, en el último caso las fronteras del tiempo y el espacio y que aún sorprende por su inmensa frescura, dotado de una factura de la que rebosa una rabiosa y electrizante actualidad, en lo que se nos ofrece por la ejecución. Llegados a este punto, nos es menester hablar de los partos y las alusiones que por una fantástica coincidencia del destino han ido ocurriendo desde entonces en los años posteriores a lo largo del devenir jazzístico y artístico. Desde la evolución del Be-bop, el Hard –Bop, el Free o los revisionistas clásicos de nuestras días, me complace recordar a Mondrian en su más que celebrada transposición matemático-neoplasticista del ritmo del boogie-boogie o la genial locura que impulsó a Pollock a acaudillar el ataque metafísico metamorfoseado en una grandilocuente plasmación matérica que en su hacer pictórico se convulsionaría, víctima del delirio, tras el eco de las notas de Charlie Parker o cómo no, Ornette Coleman y Coltrane, siempre, Coltrane, del que se traslada un Love Supreme, cumbre mística que alcanza lo inalcanzable, al Post-Abstraccionismo en sus primeros pasos por la década de los sesenta.

 

Wynton Marsalis

 

Como no es el objeto de este artículo extenderme en el asunto, sino contribuir con una breve semblanza a agradecer la existencia del jazz y dichas vanguardias y, de paso, sensibilizar a aquellas conciencias ávidas de perfeccionarse y conocer, que lean esto, voy a concluir homenajeando también a jóvenes músicos originarios de Nueva Orleans, que, actualmente, en su faceta como revisionistas del jazz más puro y ancestral reivindican el jazz en su dimensión más compleja y original (y negro, por favor, que nadie se confunda) como debe de ser en este nivel en el que se deleitan, ofreciéndonos obras que destilan un éxtasis en su profundización conceptual y sensual. Es el caso de los hermanos Branford y Wynton Marsalis (así , el grandioso Trio Jeepy o The Majesty of the Blues), incorporando en sus álbumes, para perpetuar su memoria, obras pictóricas de artistas citados . Al mismo tiempo, aunque en el contexto de la Costa Este, no me resisto a expresar el papel que en esta línea juega Joshua Redman o la enorme belleza de la lírica intelectualizada de Geri Allen. En todos ellos la melodía se nos hace amante esquiva, deslizándose por nuestras emociones a título de valedora de la titánica tradición que descansa en las raíces del alma negra.

 

Enrique Díez Cabrera
Doctor en Historia del Arte y profesor de Geografía e Historia


 

 


 

 
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