Noviembre de 2009
En tiempos de crisis hay quien dice (sincera o demagógicamente) que un buen Festival es un lujo. No será por el de Jazz, pues éste -incluso en los tiempos de vacas gordas- siempre ha sabido apañárselas con cuatro perras, y traernos pese a todo un cartel representativo tanto de las vanguardias actuales como de la más honda tradición. Ese último papel le correspondía esta vez al maestro Eddie Gómez, acompañado por el elegantísimo Stefan Karlsson y el polifacético Billy Hart. No sólo estuvo digno de su leyenda, sino que puso el listón altísimo con un jazz que no por ser puro dejaba de superar el marco de cualquier género para alcanzar la música , a secas y con mayúscula. Inolvidable.
Richard Bona lo tenía difícil para ser el siguiente, pero tiene muchas flechas en su arco, y no se le acaba nunca la cuerda, es una especie de elegido de los dioses, y echó mano de ello en tal circunstancia para sorprender y embelesar una vez más al público granadino.
Después que los dos mejores bajistas del mundo asombrasen al respetable hasta dejarlo sin babas, llegaba nada menos que el saxofón de Branford Marsalis, sin intención de permitir que sus predecesores ensombrecieran su estrella. Nos hizo vibrar de emoción y de energía con una apasionante relectura de la historia del jazz (cuando se es de Nueva Orleans no se pueden hacer "fusiones" salvo que sean entre épocas). Otro que hará historia.
Abdullah Ibrahim pareció romper con esta tónica, al llevarnos por el camino de un minimalismo místico, desconcertante al principio aunque que poco a poco acabó por seducir a más de uno. Exquisitamente secundado por George Gray (batería) y Belden Bullock (contrabajo), el aparente hermetismo de su propuesta no impidió que el público acabara por exigir con furia un bis que ni el artista se esperaba.
Con Dave Holland y Chris Potter el frenesí swinguero amenazaba con sacarnos de aquel encantamiento casi letárgico. Y así fue, aunque esa explosión de vistuosismo y de potencia rítmica albergaba aun así cierta decepción para quienes, conociendo lo que estos dos monstruos hacen por separado, esperaba aun más de su reunión. Defraudó un Jason Moran cuyo teclado quedaba un tanto desvaído y ausente.

Eddie Gómez
La decepción propiamente dicha llegó con Cassandra Wilson, que cantó poco y sin esforzarse, con un repertorio para el que tampoco se rompió la cabeza: arreglos Rythm'n blues de estándares del jazz clásico, fórmula eficaz siempre y cuando no se aplique como un rodillo casi funcionarial que sólo convence a sus más fanáticos incondicionales .
Por suerte, el fogoso trompetista francés Eric Truffaz puso de nuevo las cosas en su sitio, con la actitud opuesta: riesgo, esfuerzo y entrega. Tal como le enseñara su maestro Miles, elucubró las fusiones más insólitas, redescubriendo el exotismo que se oculta en músicas aparentemente triviales, sabiamente ayudado por su compinche Patrick Muller, haciendo de Zawinul en los teclados. No es extraño que, en el bis , se atreviese con una hermosa adaptación de Je t'aime, moi non plus, al fin y al cabo Serge Gainsbourg empezó su carrera como jazzman, y de los buenos.
Uno de los desafíos que más honran al festival granadino y le dan su seña de identidad, es el haber apostado por el jazz local, con nada menos que una Granada Big Band, y durante 15 años seguidos. La fórmula del artista invitado que trae su propio repertorio y sus arreglos permitó introducir la necesaria dosis de variedad de un año a otro (Benny Golson, Bob Minzer, Mike Mossman, Dave Samuels o Kurt Elling, entre muchos otros). El cantante Kevin Mahogany era perfecto para esta misión, y la orquesta se amoldó con calidez a ese gigantesco tenor que combina el sabor hollywoodiano a lo Sinatra con el más creativo scat singing a lo Bobby McFerrin . El público lo pasó en grande, y de eso se trata, aunque hubo algunos detalles molestos, como una Garota de Ipanema bastante vulgar, que no sólo no aportaba nada sino que recordaba más la de Julio Iglesias que la de João Gilberto. El mejor escribano hace un borrón.

Branford Marsalis
Una segunda Big Band del Conservatorio se lanzó al ruedo, esta vez formada por jovencísisimos estudiantes del Conservatorio Profesional de Música de Granada, y Fernando Wilhelmi, con menos medios, logró un éxito a tener en cuenta, dirigiendo a unos músicos que ya pertenecen a la generación que no había nacido cuando se hizo el primer festival de jazz en nuestra ciudad. El estreno de estos hijos del Festival tiene mucha significación: ellos son los que han de renovar no sólo la cantera de músicos sino de la audiencia. De momento, bautismo de fuego aprobado, y con nota.
Ignacio Berroa y David Sánchez son otros dos grandes nombres del cartel cuya unión provocaba expectación. Empezaron algo cortados pero a partir del danzón saltó la chispa y estos dos maestros, secundados por los jóvenes y brillantísimos Robert Rodríguez (piano) y Ricky Rodríguez (contrabajo) acabaron devolviendo el listón donde Eddie Gómez lo había dejado el primer día.
En cuanto a las actividades periféricas, eran tantas que, sinceramente, no pude ir a todas, entre otras razones porque a menudo ocurrían al mismo tiempo, pero hay que destacar el magnifico y original montaje musico-teatral de los Missing Stompers, inspirado en la visita de Nueva York de Federico García Lorca en 1929, con música de su coetáneo Duke Ellington: Nueva York en un poeta, y que es al café-teatro lo que el Cotton Club de Coppola fue para el cine.
nte en el timbre y en la combinación electroacústica.
Antonio Pamies
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