El Club de jazz Blue & Noir se complace en invitar, este mes de noviembre, mes de los muertos y de todos los santos, a un tipo de lo más siniestro e inquietante: Vincent.
No sé si con escribir ese nombre, Vincent, será suficiente para reconocer a una persona a la que, como describiera Max de la noche de autos, “le faltan algunas de las piezas de serie que todos los hombres deberían de llevar por el simple hecho de haber nacido.”
Vincent tiene los rasgos de un Tom Cruise encanallado y encanecido que, un mal día, llega a Los Ángeles, a la caída de la tarde, para, a lo largo de esa sola noche, cumplir con lo pactado en un contrato no escrito, pero insoslayable: eliminar a unos cuantos testigos molestos en un juicio por narcotráfico.
El Downtown de la ciudad angelina, con sus altos rascacielos, su aeropuerto, sus clubes y su fauna nocturna, sirve de decorado, casi de personaje, para las correrías de ese Vincent que ha contratado los servicios de Max, un taxista tan soñador como fracasado, para que lleve de un lado a otro de la ciudad.
¿Te gusta el jazz?
No. A Max no le gustaba demasiado el jazz. Nunca había sabido cómo escucharlo. Para Vincent, sin embargo, el jazz significa una gozosa improvisación que saca al oyente del muermo teledirigido en que se está convirtiendo la vida de la mayor parte de los ciudadanos del primer mundo.
Por eso, cuando escucha el “Spanish key” de Miles Davis en uno de los grandes clubes de Los Ángeles, Vicent parece casi humano. Invita a Daniel, el trompetista, a tomar una copa con ellos y éste, que es también el dueño del local, cuenta una historia acerca de la vez en que, en ese mismo escenario, tocó veinte minutos, en 1964, con el mejor trompetista de la historia del jazz, “el tipo más grande del planeta”.
Pero el encuentro entre Vincent y Daniel no era tan casual como podría haberse pensado en un principio. Cuando Vincent dice que ha de contar la historia a la gente de Culiacán y Cartagena, a Daniel se le cambia la cara. Está a punto de morir.
Vincent le ofrece una salida: si responde correctamente a una pregunta sobre jazz, podrá irse. ¿Dónde aprendió música Miles? ¿En una escuela de música? Respuesta incorrecta. Quizá eso es lo que dicen las biografías, pero antes de un año, Miles había abandonado la escuela. Encontró a Charlie Parker en la calle, quién se convirtió en su mentor y con el que vivió tres años.
La literatura y, posteriormente, el cine negro nacieron en EE.UU. como reacción ante una situación social extraña y confusa. El negro es un género inequívocamente urbano que floreció en un momento en que el individuo se encontraba deshumanizado y cosificado. Tiempos grises y oscuros, los tétricos años treinta, con sus millones de desempleados, pobres y hopeless people, fueron el mejor caldo de cultivo para el género noir. Los personajes del gángster, la mujer fatal o el detective incorruptible se situaban frente al hombre masa, amorfo y sin personalidad definida para reivindicar la figura de la persona individualmente considerada.
Así las cosas, esta “Collateral” se convierte en una de las mejores películas norteamericanas que hemos visto en los últimos tiempos, que se inscribiría en la más clásica estirpe del mejor cine negro, no en vano estamos ante un filme urbano y nocturno en el que, de principio a fin, se produce esa dialéctica entre el hombre masa y el hombre individuo.
El hombre masa vendría representado por Max, el taxista, excelente persona que, aunque tiene sus sueños, no es más que un perdedor sin el más mínimo futuro por delante. Un perfecto ejemplo de los parias de la tierra que son, a la vez, sostenedores y víctimas del sueño americano.
Vincent, por su parte, sería el individuo brillante, el iluminado, el ganador por excelencia. Sería la prueba viviente de que el sueño americano, efectivamente, es posible. Y la relación entre ambos se basa en dichas premisas, ya que Vincent comienza por comprar los servicios de Max, y, cuando la cosa se pone cruda, directamente los secuestra.
A lo largo de la película, y todas las situaciones y personajes secundarios están para eso, asistimos a un creciente proceso de indefensión de Max. De hecho, todo lo que hace, lo que dice y hasta lo que piensa, le termina dejando en peor situación que la que estaba. Un proceso en el que los diálogos, por supuesto, son esenciales. Y en "Collateral" asistimos a la mejor, más completa y desesperanzadora colección de parlamentos que ha parido guionista alguno desde hace años. Son diálogos crueles, réplicas mordaces y monólogos atormentados. Sin dramatismos ni efectismos de tipo alguno. No hay gritos, lágrimas, balbuceos o extemporáneas salidas de tono. Hasta el jazz es frío, azul metalizado, absolutamente cool.
Fotograma a fotograma, Michael Mann nos va contando el progresivo descubrimiento de la triste y miserable vida de ambos protagonistas, de su soledad, de su pequeñez. Dos trayectorias vitales aparentemente muy distintas, pero que terminan siendo idénticas. Y todo este desarrollo argumental cobra su trágico sentido con la onírica aparición de un coyote cruzando las calles de LA. ¿Qué hace allí ese coyote? ¿Qué he hecho con mi vida? ¿Por qué me he convertido en lo que soy?
Es como si un rayo iluminara de repente la oscuridad de la noche y pusiera luz, rostro y facciones reconocibles al más hondo y profundo vacío existencial. Una escena memorable en que el cine se muestra como el Arte compendio de todas las artes. Una secuencia que ya forma parte de la Historia del Cine. Del Cine con mayúsculas que este mes proyectamos en la pantalla virtual de este Blue & Noir Jazz Club.
Jesús Lens Espinosa de los Monteros
noviembre de 2005
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