Este mes es obligatorio hablar de Nueva Orleans, la ciudad del jazz por excelencia, la de los mil y un clubes, la de ese Barrio Francés, esa Canal Street y esa Dixieland que han estado a punto de ahogarse bajo las aguas del Katrina y que, ahora, todos nos afanamos en sacar a flote.
Desde el Blue & Noir queremos hacemos un cálido y sentido homenaje a la Orleans americana, la más francesa de las ciudades estadounidense, a través de una película mítica, “El rey del juego”, que transcurre en la no menos mítica ciudad sureña.
En pocas palabras: a Nueva Orleans llega un tipo joven, potente, chulo y autosuficiente: el Chico de Cincinnati, encarnado por el mejor Steve Mc Queen. Es un jugador de cartas que está dispuesto a comerse el mundo y, sobre todo, a batir al Rey, a quién prestó su rostro de sapo el glorioso Edward G. Robinson. Esos son los dos protagonistas, pero no podemos olvidar al resto de la fauna que pulula por la Nueva Orleans de los años 30, en plena depresión americana: tahúres, millonarios corruptos, jugadores de ventaja, rubias cándidas y pelirrojas abrasadoramente peligrosas.
El Kid de Cincinnati quiere batir al Rey por lo legal. No se trata de ganar dinero y apuestas o de hacerse querer por los demás. Sus intenciones van más allá de eso. El Kid necesita derrotar al Rey jugando a las cartas. Necesita saber, sencillamente, que es el mejor. Sin añagazas, cartas marcadas o compinches en la mesa de juego.
¿Puede una partida de cartas ser cuestión de vida o muerte? Por supuesto que sí. Igual que una partida de billar marcó el devenir de Eddie Felson en “El buscavidas”, una partida de póker puede significar el éxito o el fracaso más absolutos. Y a ello es a lo que se enfrenta el Chico de Cincinnati, ni más ni menos. En este sentido, los papeles de los actores protagonistas no podían estar mejor elegidos: una estrella emergente, McQueen, joven y hermoso y divertido; enfrentado a una vieja gloria, aún carismática dentro de su fealdad: Edward G. Robinson, que sabe dar a su papel el toque necesario de cinismo y suficiencia que requiere.
Y unos secundarios de lujo para dar vida a esa caterva de buscavidas a que antes hacíamos referencia: el siempre eficiente Karl Malden, extraordinario como ese Genio repartidor de cartas, la flameante Ann-Margrett y la deliciosamente rubia Tuesday Weld. Pero la gran secundaria de verdad es la ciudad de Nueva Orleans, excelentemente recreada y fotografiada por Philip Lathrop.
La película “Cincinnati Kid” es una adaptación de la novela homónima de Richard Jessup, que empezó a filmar el tan genial como polémico Sam Peckinpah y que terminó el más dócil Norman Jewison, en uno de sus trabajos más alabados y recordados y que sirvió para consolidar el estrellato emergente de McQueen.
La prodigiosa banda sonora de “El rey del juego” es de Lalo Shifrin, compositor argentino procedente del mundo del jazz y que, en nuestro género musical favorito, es en el que más cómodo se encuentra.
La canción que da título a la película fue compuesta por el propio Shifrin junto a Dorcas Cochran, e interpretada por el recientemente desaparecido Ray Charles para la grabación de película. Además, toda la banda sonora tiene un inconfundible aroma al jazz más festivo, alegre y dinámico de esa Nueva Orleans en que transcurre la película.
Podíamos haber traído a este Blue & Noir otras películas vinculadas con el jazz más negrocriminales que esta “El rey del juego”, teniendo a Nueva Orleans al fondo, como la imprescindible “El corazón del Ángel”, de Alan Parker. Pero era buena cosa acordarse de la Nueva Orleans festivo y alegre, en el que pícaros de todo el mundo trataban de hacerse un nombre. Un Nueva Orleans colorido, fotografiado en technicolor y habitado por las grandes estrellas del cine.
Una Nueva Orleans en que se juega a las cartas, se bebe whisky con desenfreno y se tienta a las mujeres más hermosas mientras se fuma sin complejos. El Katrina y la ineficaz administración Bush ya han teñido de luto a Nueva Orleans así que, este mes, nos quedamos con el vitalista duelo entre el Kid y el Rey por determinar quién es el mejor.
Y, si os parece bien, una de esta noche organizamos una timba en la trastienda del Blue & Noir para, con la pasta que saquemos a un par de primos, sacar un billete de avión con destino a esa excitante y turbia ciudad del pecado que, ojalá, vuelva a ser la que era.
Jesús Lens Espinosa de los Monteros
octubre de 2005
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