A quienes nos gusta la novela negra y devoramos ingentes cantidades de títulos policíacos de las más diversas escuelas y tendencias a lo largo del año, siempre hay un momento en que el cuerpo nos pide un alto en el camino y una vuelta a los orígenes del género, hacia los grandes clásicos del hard-boiled de los que nació nuestra afición por las historias de policías, ladrones, detectives y asesinos. Entonces siempre surgen los inevitables Raymond Chandler o Dashiell Hammett, con sus Marlowe, Pinkerton, Spade, cosechas rojas, halcones malteses y sueños eternos.
Así las cosas, cuando comencé a leer un título tan sugestivo como contundente, “Un baile en el matadero”, de un señor americano llamado Lawrence Block, editado primorosamente en 2006 por “La factoría de ideas”, tuve que venirme al ordenador a confirmar en el Google que el copyright del original es, efectivamente, de 1991 y que Block es un escritor contemporáneo.
No me lo creía. Vale que el contenido de la novela, con sus video clubes, sus películas snuff y demás era totalmente actual, pero el continente, la forma en que está escrita, el personaje de Matt Scuder, los secundarios... joder... ¡eran pura novela negra clásica americana!
A medida que avanzaba en la lectura de esta salvaje historia y de sus dos argumentos, aparentemente inconexos, iba sintiendo el vértigo que invade a los lectores cuando dan con un libro que es, sencillamente, SU libro. Un libro que te hace sentir cosas, que te agarra por las entrañas, que te obliga a leer por la mañana, por la tarde y por la noche. Un libro que pasa a formar parte de tu acervo cultural y de tu inconsciente colectivo. Uno de esos libros de cabecera que, a lo largo de la vida, no te hartarás de recomendar a amigos, conocidos y lectores.
¿Por qué?
Porque es un libro turbio, con olor a asfalto, a humo y a alcohol. Porque Matt Scuder es uno de esos personajes de una pieza y múltiples aristas, un alcohólico anónimo que sobrevive como detective, que sabe de boxeo, de mujeres, de adicciones, de violencia. Un tipo que se ha quemado en las llamas del infierno, pero a quién el destino le ha dado una segunda oportunidad para investigar, por ejemplo, la muerte de la esposa de Richard Thurman. Y el contenido de una cinta pornográfica. Y a los personajes que rodean tan turbias historias.
Y su novia, una puta. Y sus amigos, policías y mafiosos, como Danny Boy, ese negro albino que ha organizado su agenda vital para no coincidir nunca con el sol. Y las calles de Nueva York. Esas calles espesas, malolientes, duras y corruptas, con sus bares abiertos las 24 horas, sus garitos de jazz. Como el Mother Goose, “en el cruce de Ámsterdam con la Ochenta y Uno, un club que atrae a público de lo más variopinto. Las luces siempre están bajas, el batería usa escobillas para tocar y nunca hace solos.”
“Un baile en el matadero” es tan extraordinaria como dura y salvaje, comprometida con una ética y una moral únicas, intransferibles e individualistas, puramente norteamericanas. Con párrafos de tantos quilates como éste, hablando del mito de Cronos, actualizado: “Nosotros también devoramos a nuestros hijos, y lo estamos haciendo con toda una generación. Los destruimos, los tiramos a la basura, los despreciamos. Y en algunos casos los devoramos de forma literal. Los adoradores del diablo sacrifican a los recién nacidos... y ... los cocinan y se los comen. Hay hombres que compran críos en las calles para practicar el sexo con ellos y después matarlos.”
¿Duro? Como la vida misma. En la estirpe de las mejores novelas negras de todos los tiempos, “Un baile en el matadero”, de Lawrence Block es una obra maestra.
Jesús Lens Espinosa de los Monteros