¿Es verdad que los gallegos siempre responden a una pregunta con otra pregunta?
Y usted, ¿para qué lo quiere saber?
Este viejo y conocido chiste de gallegos, de habérselo contado alguien y a tiempo a Rafael Estévez, el ayudante del inspector Leo Caldas, podría haberle ahorrado bastantes contratiempos y sinsabores. O quizá no. Porque Estévez, aragonés de sangre caliente, es muy, demasiado impetuoso. Y ese carácter no va bien con el ser galleguiño, ambiguo, volátil y etéreo para el que, por supuesto, Dios es bueno, pero para quién el diablo no es del todo malo.
La relación entre Caldas y Estévez (y entre Estévez y el resto del mundo) es uno de los grandes logros de esta novela, “Ojos de agua” (Ed. Siruela), con esos diálogos repletos de fina ironía, con interrogatorios en que preguntas, más preguntas y repreguntas se suceden sin cesar; un libro que se lee agradablemente en una tarde de domingo, preferiblemente lluviosa, mientras en el equipo de música suena música de jazz.
Luis Reigosa es un saxofonista que, antes de morir y no por casualidad, había pinchado a una Billie Holiday que cantaba “The man I love” . Reigosa, toda una institución en los ambientes jazzísticos de Vigo, aparece asesinado de una forma especialmente cruel, como Caldas y Estévez pronto tendrán ocasión de comprobar. Y comienza una investigación que tendrá dos ejes fundamentales: el formol y la noche. O los altos y los bajos fondos. O los hombres y las mujeres. O la música y la literatura.
Durante sus pesquisas, Caldas pasará por el Grial, el garito en que tocaba Reigosa con su grupo, un afamado cuarteto de jazz de la escena musical gallega. Será una ocasión muy especial ya que el grupo iba a rendir homenaje a su amigo asesinado. Sonarán canciones tan cinematográficas como el Embraceable you de los Gershwin, el Laura de Charlie Parker (con una zanfoña sustituyendo al saxofón, y, como último y sentido homenaje, Angel eyes.
La descripción de los distintos ambientes por los que transitan los personajes es otro de los grandes aciertos del joven autor de “Ojos de aguas”, Domingo Villar, gallego ejerciente que, como tal, vive y escribe fuera de su amada Galicia, lo que se nota a la hora de describir sus tabernas favoritas, sus clubes de jazz y hasta sus locales de copas. Por no hablar de los paisajes, de la mar, los salientes rocosos, los vientos y, cómo no, esa lluvia que en Galicia es un arte.
Una mirada nostálgica y evocadora de un país que tiene tanto de imaginario como de real y en que la investigación policial sirve para poner los pies en la tierra de un inspector Caldas que tiene una notable facilidad para perderse en los vericuetos de su memoria selectiva.
Domingo Villar, además, se permite hacer una simpática parodia acerca de esos cracks mediáticos en que se convierten las personas que, por alguna razón, salen en la tele o, como en este caso, hablan por radio. El inspector Caldas participa en el programa “Patrulla en las ondas” y todo el mundo le conoce por dicha actividad radiofónica, para regocijo permanente de su ayudante.
“Ojos de agua” son ciento ochenta páginas de novela policial mágico-realista estupendamente contada que, sin tremendismos, sin personajes atormentados y sin histrionismos de ningún tipo, cuenta de una forma muy solvente una historia bien trazada, aunque terminada de una forma un tanto abrupta. No obstante y como un buen Ribeiro deleitosamente bebido en una taza de porcelana blanca, la novela de Villar deja un excelente y refrescante sabor de boca, pidiendo a voces el inmediato descorche de una segunda botella.
Jesús Lens Espinosa de los Monteros
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Ojos de agua
Domingo Villar
Editorial Siruela
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